Puedo decir sin ánimo de equivocarme que casi es primavera, como cada día, observo desde mi ventana el nacer de un nuevo día, con sus colores y contornos como poco a poco se perfilan tomando formas caprichosas.
Recibo cada día como un regalo que prefiero no saber cuánto durará, inicio el ritual de cada día, deslizándome hacia al baño abro suavemente el grifo, mientras suaves gotas impregnan mi piel como una dulce caricia despejando mis sentidos, una mezcla de aromas inundan mis sentidos y justo allí en la soledad de mi baño me despojo de mi armadura, ésa que cree con el paso del tiempo, y que el trabajo constante me permite mantener firme, para no pensar y no sentir.
Salgo a la calle enfundada en mis pensamientos que son interrumpidos solo por el inclemente sonido de los coches que inundan las calles, me incorporo a ellos de una manera desafiante, como si no deseara llegar a mi destino, con la habilidad de un suicidad y la adrenalina inundando mis sentidos, aumento el sonido de la música ahora sólo es cuestión de tiempo para llegar a mi refugio.
Justo a las 7, como es costumbre Karol Wojtyla me espera junto al mar, sólo serán 10 minutos, en los cuales me despojo de mi ser y soy parte de un todo, espero con ansias poder ver la luz del faro, amigo constante en días de tormenta.
Después de ése breve interludio, vuelvo a cubrir mi cuerpo y pensamientos con una impenetrable armadura que me permite sobrevivir cada día.
Mis pequeños ángeles me esperan, si tan sólo puedo tocar el espíritu de uno de ellos, sabré que mi estancia en ésta tierra habrá valido la pena
Recibo cada día como un regalo que prefiero no saber cuánto durará, inicio el ritual de cada día, deslizándome hacia al baño abro suavemente el grifo, mientras suaves gotas impregnan mi piel como una dulce caricia despejando mis sentidos, una mezcla de aromas inundan mis sentidos y justo allí en la soledad de mi baño me despojo de mi armadura, ésa que cree con el paso del tiempo, y que el trabajo constante me permite mantener firme, para no pensar y no sentir.
Salgo a la calle enfundada en mis pensamientos que son interrumpidos solo por el inclemente sonido de los coches que inundan las calles, me incorporo a ellos de una manera desafiante, como si no deseara llegar a mi destino, con la habilidad de un suicidad y la adrenalina inundando mis sentidos, aumento el sonido de la música ahora sólo es cuestión de tiempo para llegar a mi refugio.
Después de ése breve interludio, vuelvo a cubrir mi cuerpo y pensamientos con una impenetrable armadura que me permite sobrevivir cada día.
Mis pequeños ángeles me esperan, si tan sólo puedo tocar el espíritu de uno de ellos, sabré que mi estancia en ésta tierra habrá valido la pena