martes, 4 de marzo de 2014

Un día normal...

Puedo decir sin ánimo de equivocarme que casi es primavera, como cada día, observo desde   mi ventana el nacer de un nuevo día, con sus  colores y  contornos como poco a poco se perfilan  tomando formas caprichosas. 
Recibo cada día como un regalo que  prefiero no saber  cuánto durará, inicio el ritual de cada día, deslizándome   hacia  al baño abro suavemente el grifo,  mientras  suaves  gotas  impregnan  mi piel como una  dulce  caricia  despejando  mis  sentidos,  una  mezcla  de aromas  inundan mis  sentidos y  justo allí en la soledad de mi baño me despojo de mi armadura, ésa que  cree con el paso del tiempo,  y que  el trabajo constante me permite mantener firme, para no pensar y no sentir.
Salgo a la calle  enfundada en mis  pensamientos  que son interrumpidos solo  por el inclemente sonido de los coches que inundan las calles, me  incorporo a ellos  de una manera desafiante, como si no deseara llegar a mi destino, con la  habilidad de un suicidad  y la  adrenalina  inundando mis  sentidos, aumento el sonido de la música  ahora  sólo  es  cuestión de  tiempo  para  llegar a mi refugio.

Justo a las  7,   como es costumbre  Karol Wojtyla me  espera junto al mar,  sólo  serán 10 minutos,  en los  cuales  me  despojo de mi ser  y soy parte  de un todo,  espero con  ansias poder ver  la  luz  del faro, amigo constante en  días  de  tormenta.
Después  de  ése breve  interludio,  vuelvo a cubrir mi cuerpo y pensamientos con una impenetrable  armadura que me  permite sobrevivir cada  día.
Mis pequeños  ángeles  me  esperan, si tan sólo  puedo tocar el espíritu de uno de  ellos,  sabré  que mi estancia en ésta tierra habrá  valido la pena 

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